ASOCIACIÓN "PABLO BESSON"
Abordaje Integral de las Violencias
Abordaje Integral de las Violencias
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martes, 25 de marzo de 2025
martes, 18 de marzo de 2025
¿Acompañar o alojar? Lo que les quitamos a las mujeres y lo que los varones se apropian
En los espacios psicosocioeducativos con varones que ejercen violencia en la pareja, las palabras importan. No solo porque construyen sentidos, sino porque reflejan la manera en que concebimos el cambio y la responsabilidad. En este trabajo, hay un dilema conceptual que es mucho más que semántico: ¿A los varones se los acompaña o se los aloja en su proceso de transformación? Y más aún, ¿Qué implica esto desde una perspectiva feminista? Por Martín Miguel Di Fiore* ___________________________________________________________________________ La diferencia parece sutil, pero es crucial. A las mujeres las acompañamos. La palabra “acompañar” remite a un caminar al lado, a un sostén que no anula su autonomía. En el marco de las violencias de género, acompañamos a las mujeres en la reconstrucción de sus vidas, en el acceso a derechos que se les niegan y en la búsqueda de justicia. Pero a los varones, ¿los acompañamos también? La asimetría en los procesos de cambio Cuando un varón ha ejercido violencia, su camino no es el mismo que el de la mujer que la padeció. Aquí entra el concepto de “alojar”. A ellos no los acompañamos del mismo modo, porque no necesitan que se los sostenga en la reparación de un daño sufrido, sino que se los ubique frente a la responsabilidad de lo que hicieron. El espacio grupal no es un refugio ni un consuelo, es un lugar donde se los enfrenta a la necesidad de cambiar. Alojar no significa justificar ni contener sin exigir. Significa darles un espacio para que desarmen sus justificaciones, para que se hagan cargo de lo que han provocado y para que tomen el desafío de cambiar. Es un proceso en el que deben salir de la comodidad del victimismo (“me arruinaron la vida con la denuncia”, “ella me hizo reaccionar así”) y entrar en la incomodidad de la responsabilidad. Lo que les quitamos a las mujeres Hablar de alojar a los varones nos lleva inevitablemente a preguntarnos qué les hemos quitado a las mujeres. ¿Cuántos recursos, cuánto tiempo, cuántos espacios de escucha se han volcado en la transformación de los varones, mientras las mujeres siguen exigiendo respuestas que no llegan? El sistema judicial está repleto de casos donde las mujeres deben demostrar, una y otra vez, la veracidad de su denuncia. Se duda de su palabra, se les exige prueba tras prueba, mientras que los varones que ejercieron violencia son ubicados en el lugar de sujetos a reeducar, casi como si fueran víctimas de su propia conducta. ¿Qué dice esto de nuestra manera de administrar la justicia? ¿Qué dice de los recursos públicos? Lo que los varones se apropian ¿Acompañar o alojar? Históricamente, los varones han tenido acceso a todo tipo de privilegios: económicos, políticos, sociales. Pero en el ámbito de la violencia de género, también se apropian de algo más: los discursos. En muchos espacios, la palabra del varón que ejerce violencia tiene más valor que la de la mujer que lo denunció. Su relato de “yo no soy violento, ella exagera” encuentra eco en la sociedad. Su malestar se convierte en el centro de la escena, mientras la mujer debe lidiar con la revictimización constante. Incluso en los espacios psicosocioeducativos, es fácil caer en la trampa de la empatía malentendida: la idea de que al varón agresor hay que “cuidarlo” para que pueda cambiar, como si su proceso fuera más importante que la protección de las mujeres. Por eso, insistimos: no es lo mismo acompañar que alojar. Acompañar a un varón en este proceso puede sonar a brindarle un apoyo incondicional, pero alojarlo implica darle un espacio con límites claros, con la expectativa de transformación y con la exigencia de que sea él quien haga el esfuerzo de cambiar. _________________________________________________________________________ Conclusión: que el esfuerzo lo hagan ellos Los espacios de trabajo con varones que ejercen violencia no deben convertirse en nuevas instancias de privilegio. No son un lugar donde su dolor importa más que el daño que han causado. No pueden ser espacios donde las mujeres sigan esperando justicia mientras el sistema sigue protegiendo a los varones. Acompañamos a las mujeres en su recuperación no solo desde lo institucional, incluso a través de figuras especialmente destinada para ellas, como acompañantes (art 25 ley 26.485)[1]. Pero a los varones, si acaso, los alojamos para que transformen lo que hicieron. Porque no podemos seguir quitándoles a las mujeres el derecho a ser el centro de la respuesta frente a la violencia que sufrieron. Y porque, al final del día, si hay alguien que debe esforzarse para cambiar, son ellos. Pero, más allá del debate sobre alojar o acompañar, hay una pregunta que sigue siendo incómoda y urgente: si el trabajo con varones que ejercen violencia debe estar orientado a acompañar a las víctimas, ¿Cómo aseguramos que este enfoque realmente se cumpla? ¿El monitoreo es una herramienta efectiva que garantiza la seguridad y reparación de quienes sufrieron la violencia, o se ha convertido en un trámite sin impacto real? ¿Se está escuchando a las víctimas en el diseño y evaluación de estos programas, o el foco sigue puesto en el proceso del varón sin medir sus efectos sobre quienes fueron violentadas? _______________________________________________ (*) Abogado litigante en CABA y Provincia de Buenos Aires. Diplomado en violencia económica. Coordinador de dispositivos grupales para varones que ejercen violencia en Asociación Pablo Besson y Municipalidad de Avellaneda. Coordinador de laboratorio de abordaje integral de las violencias en Asoc. Pablo Besson. Miembro de Retem. (Red de equipos de trabajo y estudio en masculinidades). Integrante de equipo interdisciplinario en evaluación de riesgo y habilidades parentales para revincular o coparentalidad (Asociaciòn Pablo Besson) [1] Diego Oscar Ortiz: El acompañante tiene una función meramente protectora de la salud física y mental de la víctima. De ahí el fundamento de fondo de la figura, la nobleza e importancia de su participación, su presencia es importante para el empoderamiento de la persona y no para el procedimiento. Diario Familia y Sucesiones Nro 148 – 06.04.2018
sábado, 8 de marzo de 2025
8M
8M Día Internacional de la Mujer, es un día que se CONMEMORA. No se celebra el hecho de ser mujeres. Recordamos a las 140 mujeres trabajadoras que murieron en un incendio en una fábrica de Nueva York, hecho que puso en agenda internacional los derechos de las mujeres trabajadoras. Desde la Asociación Pablo Besson nos unimos a la movilización y exigimos al estado que cumpla con los compromisos internacionales de derechos humanos de las mujeres, no queremos mas retrocesos. QUEREMOS UNA SOCIEDAD MAS JUSTA Y EQUITATIVA!!! #8M #LASMUJERESESTAMOSENRIESGO #NOALAPRECARIZACIONLABORAL #NOALAMORATORIAPROVISIONAL #NOALCIERREDEESPACIOSESPECIALIZADOS #NOALAQUITADEDERECHOS #NOALAREDUCCIONDEPRESUPUESTOS
miércoles, 5 de marzo de 2025
"La negación no es la solución. La violencia machista existe y requiere respuestas. Visibilizar y actuar es urgente"
Durante la feria judicial de enero de 2025, la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte Suprema atendió a 1761 personas, un 8% más que en igual período del año anterior. Desde las 13:30 del lunes 30 de diciembre de 2024 hasta el 31 de enero de 2025, período de feria judicial, la OVD recibió en sus oficinas de la Ciudad de Buenos Aires un promedio de 55 personas por día. De ese total, 915 fueron denuncias; 736 consultas informativas, y 110 consultas telefónicas. En el 96% de los casos se registró violencia de tipo psicológica, física (48%), simbólica (44%), ambiental (34%), económica patrimonial (26%), sexual (7%), social (6%) y de tipo digital (3%). El 27% de las personas afectadas estaba en situación de altísimo o alto riesgo; 60% de riesgo medio y moderado, y 13% de riesgo bajo. Por su parte, el equipo médico de la OVD constató lesiones en 211 personas (18,6% del total, un 3,6% más que en la feria de 2024). El 80% de las personas con lesiones eran de sexo femenino. Se realizaron 46 derivaciones médicas (1,4 por día): 26 de urgencia, 18 para atención médica especializada, y 4 para la aplicación de protocolo por delitos sexuales. Del total de presentaciones recibidas en la OVD durante la feria judicial de enero de este año, 99,6% tuvo derivación a la Justicia Nacional en lo Civil; 15% a la Justicia Nacional en lo Criminal y Correccional; 69% al Fuero Penal, Penal Juvenil, Contravencional y de Faltas de la Ciudad de Buenos Aires, y 26% al Consejo de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (GCBA). La OVD también gestionó la entrega de 81 botones antipánico (un promedio de 2,5 por día). Durante enero, la Justicia Nacional en lo Civil ordenó al menos 3482 medidas preventivas urgentes. Las principales fueron prohibición de acercamiento a la persona denunciante (69%), prohibición de todo tipo de contacto (incluye telefónico, por correo, etc.) (65%), otorgamiento de botón antipánico (36%) y cese en los actos de perturbación e intimidación (28%), entre otras.
jueves, 20 de febrero de 2025
Cuando el padre es Juez y Parte
«Le lavó la cabeza a mi hija/o». Con esta frase, los varones que ejercen violencia en el contexto familiar intentan sintetizar un supuesto agravio, pero en realidad lo que están diciendo es mucho más profundo: una negación de responsabilidades, una estrategia para deslegitimar a la madre, y, sobre todo, la objetivación de sus propios hijos e hijas. Esta expresión, lejos de ser un mero lamento paternal, es una herramienta discursiva que perpetúa dinámicas de poder y violencia. Por Martín Miguel Di Fiore ¿Qué revela realmente esta frase? ¿Qué dice del vínculo del varón con sus hijos e hijas? Y, más importante aún, ¿qué tipo de violencia encubre hacia la madre? Cuando un varón que ejerce violencia utiliza la expresión “le lavó la cabeza a mis hijos/as” está hablando desde la lógica de la posesión[1]. En esta narrativa, las niñeces no son personas con pensamientos, emociones y experiencias propias, sino objetos de disputa. Son, para él, un trofeo que siente que le ha sido arrebatado, no por sus propias acciones, sino por una figura manipuladora. Esta visión deshumaniza a las niñeces, reduciéndose a una extensión de su poder. Es incapaz de reconocer que los vínculos con sus hijos/as pueden deteriorarse por su propia violencia, ya sea física, psicológica o económica. No hay introspección, solo una acusación que convierte a sus descendientes en peones dentro de una batalla de control. Las niñeces, lejos de ser escuchadas, son utilizadas como herramienta para castigar a la madre y perpetuar su dominio, en una clara violencia vicaria. Los sentimientos de los hijos/as hacia el padre —ya sea miedo, rechazo o distancia— son descartados como irreales, producto de una supuesta manipulación externa. Con esta postura, el varón no solo evade su responsabilidad, sino que silencia las voces de las personas en desarrollo. En este discurso, la madre no es vista como una figura protectora que actúa en defensa de sus hijos/as, sino como una enemiga que debe ser castigada. La acusación de «lavar la cabeza» busca deslegitimarla, no solo frente a las niñeces, sino también frente a la sociedad, las instituciones judiciales y su entorno cercano. Este tipo de violencia simbólica refuerza una narrativa machista que presenta a las mujeres como manipuladoras y vengativas. Según esta lógica, las madres no actúan por el bienestar de sus hijos/as, sino para «arruinar la relación» entre padre e hijos/as. Este discurso intenta despojar a las mujeres de su rol de protectora y, al mismo tiempo, justificar cualquier acción del varón como una respuesta legítima a una supuesta ofensa. El castigo hacia la madre no es sólo simbólico. En muchos casos, este tipo de acusaciones se traducen en hostigamiento judicial, en procesos legales desgastantes donde la mujer debe demostrar constantemente su capacidad como cuidadora. La frase «le lavó la cabeza» es, en realidad, un arma para seguir ejerciendo control sobre la mujer, incluso después de la separación, denotando el miedo del varón a perder ese control. Esta narrativa también es un mecanismo para evadir la responsabilización. Al afirmar que «le lavaron la cabeza» a sus hijos/as, el varón se posiciona como una víctima de una conspiración externa, generalmente orquestada por la madre. Es una estrategia para no enfrentar las consecuencias de sus propias acciones, para no admitir que su violencia ha roto vínculos y generado miedo en sus hijos e hijas. l varón que utiliza este discurso se aferra a una narrativa donde siempre hay un culpable externo. No hay lugar para la autocrítica, para el reconocimiento de que el maltrato, el abuso o el control fueron los factores que deterioraron la relación con sus hijos/as. En cambio, prefiere la comodidad de culpar a otros, perpetuando un ciclo de violencia que daña tanto a las niñeces como a la madre. Los varones que ejercen violencia de género en la pareja deben enfrentar sus discursos, porque detrás de frases aparentemente inocentes y de apariencia preocupante, se esconden dinámicas profundamente dañinas. Es crucial que estos patrones sean visibilizados y cuestionados, tanto en los dispositivos psico-socio-educativos como en el debate público. Solo así será posible construir vínculos familiares basados en el respeto, la empatía y la igualdad. Porque los hijos/as no son trofeos. No son peones. Y las madres no son enemigas. Desmontar este discurso es un paso hacia la transformación de las relaciones familiares y el fin de las lógicas de poder que perpetúan la violencia. El problema se agrava cuando esta narrativa encuentra eco en algunos espacios judiciales y legislativos. Bajo el manto de la controvertida teoría de la «alienación parental», algunos jueces y congresos avalan este discurso, relegando a la madre a un rol de sospechosa constante y deslegitimando su capacidad para proteger a sus hijos/as. Este concepto se ha convertido en una coartada para los agresores, quienes justifican sus conductas y despojan a la madre y a las niñeces de su derecho a vivir libres de violencia. El impacto de estas decisiones trasciende lo individual. Validar este discurso desde las instituciones judiciales refuerza el poder del agresor, perpetúa la violencia en todas sus formas y envía un mensaje social peligroso: la protección de las niñeces puede interpretarse como una manipulación. El verdadero desafío no es solo desarmar estas lógicas de poder, sino también garantizar que las instituciones dejen de ser cómplices de discursos que perpetúan la violencia. Es tiempo de cortar el ciclo, devolverles a las niñeces sus voces, validando sus emociones, porque las madres no son enemigas, sino protectoras. [1] Sobre ello la Lic. Carmen Umpierrez (2022) dice: El hombre que ejerce violencia en su intimidad se basa en el principio patriarcal de la posesión. Él es el dueño de todo, de los bienes y de las personas que lo rodean. Por eso la queja es que “lo sacan de su casa”, “le sacan su auto”, “es su familia”, “sus hijos e hijas”, etc. El SU es un determinante posesivo, en el cual el “nuestra/o” tiene un espacio restringido. El lenguaje nunca es inocente, el patriarca es señor y amo de bienes, pero también de personas. (*) Abogado litigante en CABA y Provincia de Buenos Aires. Diplomado en violencia económica. Coordinador de dispositivos grupales para varones que ejercen violencia en Asociación Pablo Besson y Municipalidad de Avellaneda. Coordinador de laboratorio de abordaje integral de las violencias en Asoc. Pablo Besson. Miembro de Retem. (Red de equipos de trabajo y estudio en masculinidades). Integrante de equipo interdisciplinario en evaluación de riesgo y habilidades parentales para revincular o coparentalidad (Asociaciòn Pablo Besson) Seguinos en Instagram. Diario Digital Femenino: @diariodigitalfemenino_